Llegas pronto, algo desubicada, no sabiendo muy bien qué esperar pero con una rara sensación de tranquilidad, desprejuiciada y con las defensas bajas.
Sonríes, te presentas a una pareja que te recibe, saludas a uno, abrazas a otra, tú me suenas, fuimos juntos al colegio, ¡cuánto tiempo! Poco a poco, los nervios iniciales se disipan, nos vamos sentando en círculo, intercalados, ¡hay que mezclarse! Los últimos en llegar se disculpan por el retraso. Ya estamos todos.
En el centro, colocados encima de una mesa, una vela y un crucifijo. Encendemos la vela. En ese gesto tan sencillo por fin nos reconocemos. Y así, sin habernos visto nunca, decidimos caminar por un rato juntos, como los de Emaús.
Es domingo 19 de abril y después de mucho imaginarlo y de mucho soñarlo, por fin nos juntamos la promoción Matusalén de los Grupos Católicos Loyola y Peregrino de CVX para compartir este rato de oración.
Durante la semana previa hemos rezado el pasaje de los discípulos de Emaús junto con algunas preguntas para ayudar a la reflexión.
Pero antes de entrar en faena, lo primero es lo primero: presentarse. Empezamos cada uno y luego nos vamos contando como grupo pequeño y como Comunidad. Es momento de aprender unos de otros, de explorar lo que nos une y lo que nos hace diferentes, de conocernos y de reconocernos. Surgen preguntas, risas, comentarios, complicidad. En menos de 20 minutos ya nos sentimos grupo, hemos bajado las defensas y se nota.
Todos somos conscientes de Quién es el que nos convoca.
Hacemos silencio, algunos ojos se cierran, recogimiento, las respiraciones se van acompasando. Saberme y sentirme en tus manos, manos que saben dónde van, manos que sienten lo que vivo, manos que acogen sin juzgar.
Leemos el texto: Dos de ellos van a una aldea llamada Emaús. Van comentando todo lo sucedido. Jesús en persona les alcanza, pero ellos no le reconocen. ¿de qué vais hablando? Ellos se detienen afligidos. Eres el único que no te has enterado lo de Jesús de Nazaret. Lo han crucificado. Quédate con nosotros. Se hace tarde. Partió el pan y sus ojos lo reconocieron. Les abrasaba el corazón y salieron a contarlo.
Compartimos de manera sencilla lo que ha ido resonando en nuestros corazones: son dos amigos en el Señor, la experiencia de Dios se tiene dos veces, cuando la tienes y cuando la reconoces… e incluso una tercera más, cuando la compartes. Me abrasa el corazón con la gente que sale al encuentro. Tengo necesidad de vivir en comunidad, crecer como Iglesia, no estamos solos. Me siento sostenida. Jesús se acerca en la zozobra. Vida partida por amor. Reconocernos en la diversidad. Pedimos que el Señor siga saliendo a nuestro encuentro. Estamos invitados a la confianza. Sinodalidad. Emaús es el camino. La clave es Jesús. ¿Y cuando no le reconocemos ni al partir el pan? Hay momentos de aridez. Pedir que seamos tierra buena para que el Señor se visibilice. Caminar, conversar, escuchar, la importancia de la palabra. Cada comunidad tiene sus dones para aportar a la Iglesia. Estamos invitados a recorrer el camino acompañados. Somos diversos, pero nos une la amistad en Dios.
Amigos en el Señor.
El tiempo pasa volando, dos horas en las que hemos tenido la oportunidad de compartir, con sencillez y en confianza, sintiéndonos acogidos en nuestras diferencias y reconocidos en lo común.
Acabamos con un padrenuestro y compartiendo un picoteo para terminar, como no puede ser de otra manera. Se van creando corrillos. Seguimos comentando, hay risas, complicidad.
Es hora de irse, una sensación común nos atraviesa a todos.
Nos hemos encontrado con Jesús.
Salimos con el corazón abrasado.
Esto tenemos que contarlo.
Pues eso.
Pila Sayáns – Promoción Matusalén
(Termino de escribir esta crónica escuchando de fondo Tronco y Raíz del nuevo disco de Xoel López. Me hace pensar en el camino recorrido juntos. Te la dejo por aquí por si la quieres escucharla.)





