Seducidos, testigos y centrados

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Don Carlos Osoro, cardenal arzobispo de Madrid, quiso hacerse presente y compartir con la Compañía de Jesús y tantas personas de la familia ignaciana, la eucaristía con motivo de la fiesta de San Ignacio de Loyola. Este viernes, en la Iglesia de San Francisco de Borja (Madrid), a las 20,00h la eucaristía fue espacio de encuentro para quienes quisieron agradecer la vida y la espiritualidad del santo de Loyola que a tantos nos alimenta. En la homilía, Don Carlos partió del salmo: «Gustad y ved qué bueno es el Señor». Para hacer realidad esa mirada y esa capacidad de apreciar la belleza -decía- lo importante es ser personas seducidas por Jesús, dejarse cautivar por su proyecto y su llamada. Esto, cuando ocurre, nos convierte en testigos, porque uno quiere hablar de lo que ama y de lo que vive. Sin embargo, aún hace falta un paso más para que el testimonio no se quede solo en un impulso primero que luego se vaya apagando. Este ser testigos no será posible -o no será posible con propiedad- si no somos capaces de vivir centrados en Jesús. Centrados en su memoria y en su presencia -como ocurre en la Eucaristía-. 
La colecta tuvo un sentido especial y preciso, cargado de significado este día. Era la ocasión para colaborar desde el templo con la campaña «Seguimos» que empieza a promover la Compañía de Jesús para ayudar económicamente a quienes se han visto más golpeados por las consecuencias del coronavirus.
En la acción de gracias, el superior de la comunidad, el P. José María R. Olaizola, agradecía a Don Carlos, a los asistentes y a los jesuitas -amigos en el Señor- la posibilidad de seguir celebrando -también en estos tiempos extraños, o quizás más aún en estos tiempos extraños- prescindiendo ahora de muchos elementos accesorios y centrándonos en lo esencial, que nos sigue uniendo en torno al pan, la paz y la palabra.
La Eucaristía contó con la presencia de un nutrido grupo de jesuitas de la ciudad -en realidad de muchas latitudes por la presencia de estudiantes de tantos sitios- y también de muchos amigos y amigas de la Compañía de Jesús. La situación especial este año, en que toca mantener distancias y evitar roces, hizo que no pudiéramos  apenas confraternizar después -dada la petición de la comunidad de Madrid de evitar actos sociales masivos. Pero quizás es justo eso lo que nos permite hoy en día visibilizar, más aún, qué es lo esencial que nos une. Y tal vez la preocupación y el cuidado recíproco, en este tiempo incierto, sea también otra forma de amar y servir, esa máxima ignaciana que tanto nos inspira, y que se expresaba en el poema leído después de la comunión.

AMAR Y SERVIR

En todo lugar es posible el amor,
en la calle enfangada del arrabal
y en la terca soberbia del palacio,
tras la puerta cerrada
y a cielo abierto,
en la cárcel, o en la Iglesia,
en el mercado y el parque.
Allá donde hay gente,
si dejamos crecer la semilla,
será amor lo que surja,
pues está plantada
en nuestra entraña
un ansia de comunión y encuentro.
En todo momento es posible el servicio,
la disposición a salvar abismos,
la amistad que se gesta en el cuidado,
la toalla ceñida a la cintura,
el sueño de un mañana mejor.
Siempre estamos a tiempo
de despojarnos de ambición y ego,
empeñados en el bien de todos.
En todo lugar, el amor,
En todo momento, el servicio.
En todo, amar y servir.
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